viernes, 14 de septiembre de 2012

Origen histórico (III: Antigüedad de la práctica / Antigüedad en América Latina y el Caribe)

Pues bien, hasta acá hemos resumido algunas de las posturas divergentes que se tienen respecto al origen de esta práctica en Asia y África. Queda por averiguar cuán antiguo es el empleo de la misma en nuestro continente. Hablando en términos generales, en América Latina y el Caribe; y en términos específicos, en Perú y el área andina. En relación a lo cual, dos autores comentan:

El hecho de que las ARACs sean comunes en lugares de América donde existe gran número de indios, incluyendo Bolivia, sugiere que los pasanakus [y por qué no los panderos] pueden haber evolucionado de los sistemas tradicionales de cooperación. Lógicamente, la puesta en común de trabajo puede haber llevado a la puesta en común de dinero. [Sin embargo, e]n países tales como la República Dominicana, Jamaica, Trinidad y Tobago, donde la mayoría de la población indígena fue asesinada por los colonos, las ARACs fueron importadas -probablemente- por migrantes provenientes de África y Asia” (Adams & Canavesi 1989:222).

En efecto, no son pocos los autores que vinculan a la práctica con el tráfico esclavo (cf. Johnston 1910; Herskovits 1941; Ramos 1942; Herskovits & Herkovits 1947; Bascom 1952; Katzin 1959; Geertz 1962; Ardener 1964; Bonnett 1976; Carneiro da Cunha 1985; Reis 1986, 1988, 2003; Queirós Mattoso 1988; Senior 1991; Besson 1995; Maynard 1996; Josiah 1997, 2004; Silva 2003; Poole & Grant 2003; Côrtes de Oliveira 2003; Falola & Childs 2004; Lopes 2004; Moura 2004; Cummins 2005; Scherer 2008; van der Linden 2008; Cincunegui 2008; Pollak-Eltz 2008; Stoffle et al. 2009 por mencionar algunos); ni tampoco aquellos que creen encontrar su origen en la migración asiática (cf. Tigner 1978; Morimoto 1979, 1989, 1998, 1999, 2002; Lausent-Herrera 1991; Fukumoto 1997; Sakuda 1999; Rodríguez Pastor 2000; Yamawaki 2002; Morimoto et ál. 2004; Takenaka 2004; Mairata 2006; Moromisato & Shimabukuro 2006; Moromisato 2007, entre otros).

Con todo, ¿qué posibilidades existen de que la susodicha práctica tenga un origen autóctono -es decir, prehispánico? ¿Y hasta qué punto es posible afirmar que la misma es parte de un bagaje cultural indoamericano? 

De momento, dejemos de lado esta cuestión. Y ocupémonos ahora de la existencia de esta práctica en el Caribe. En función de lo cual vamos a echar mano de un argumento lingüístico, cuyas incontrastables pruebas parecen demostrar que efectivamente hubo una clara difusión de la misma por parte de la población africana. Al respecto, cierto autor comenta:

El vínculo entre las ARACs caribeñas y africanas… tiene un apoyo lingüístico. Por ejemplo, desde este punto de vista, el susu en Trinidad (Herskovits & Herskovits 1947), el sousou en Martinica (Laguerre 1990), el esu en las Bahamas (Crowley 1967, cit. por Norvell & Wehrly 1969) son similares al susu, isusu y esusu de África Occidental. Las semejanzas lingüísticas y estructurales sugieren que… las ARACs del Caribe son una derivación cultural de las tradicionales asociaciones africanas” (Stoffle 2001:15).

Purcell (2000) -por su parte- sugiere que más allá de especular sobre las raíces específicas de esta institución, elementos tales como la cooperación, el sentido comunitario y la reciprocidad -rasgos culturales inherentes a las ARACs- son características de varias organizaciones sociales autóctonas de África. [Y p]or esta [misma] razón, argumenta que el origen de muchas ARACs son, en el Caribe, simplemente una adaptación cultural de asociaciones basadas en la organización tradicional de la cultura africana” (Stoffle 2001:14-15). (Al respecto, véase la información contenida en el Capítulo IX: Difusión a través del tráfico esclavo, p. 214 y ss.). 
 
Este último razonamiento, sin embargo, parece desconocer que la cooperación, el sentido comunitario y la reciprocidad son patrones universales y no se restringen a la cultura africana; ni aparecen única y exclusivamente en las sociedades tradicionales -también lo hacen en las sociedades modernas.

Con todo, en lo que se refiere al posible origen histórico de la práctica en Guatemala, cierto autor señala:

Los grupos de ahorro rotativo llamados k'uchub'al representan el mercado informal de ahorro en la zona rural de Guatemala…. Seibel afirma que las instituciones rotativas de ahorro tales como el k'uchub'al tienen un origen caribeño [y por derivación, africano]. Aunque esto es posible, mi investigación demuestra que lo más probable es que este no sea el caso. Una pieza fuerte en la evidencia contra el origen caribeño es que el nombre que se utiliza en toda Guatemala para designar a esta institución -es decir, k'uchub'al- es quiché. Como otros idiomas han adoptado este nombre, y el quiché ha tenido históricamente poco contacto con las culturas caribeñas, esto sugeriría orígenes indígenas en la región quiché. Además, los estudios de la cultura Garifuna en Livingston, Guatemala, que reclaman para la misma una ascendencia caribeña, no han mostrado tener ningún sistema de este tipo” (McMillan 2006).

Sea como sea, y tenga razón quien la tenga, lo cierto es que será más adelante cuando volvamos a ocuparnos de este asunto. Mientras que ahora pasaremos a tratar otra cuestión, a saber: aquella relativa a cuál es el origen histórico de esta práctica en el área andina. Para lo cual, vamos a recordar que la primera mención de la misma la hace Margaret F. Katzin en un artículo suyo donde asegura que una tal Dra. Bernice Kaplan le informó sobre su existencia entre los “indios americanos” del Perú. Puntualmente, el texto aludido sostiene:

Quien escribe se siente animada a creer, por el hecho de que la Dra. Bernice Kaplan reporta una institución similar entre los indios americanos del Perú, que grupos informales de ahorro mutuo [también] están presentes en otras áreas [del mundo]” (Katzin 1959:440).

Desde luego, la vaguedad de semejante comentario se hace evidente a cualquiera que tenga conocimiento -por mínimo que este sea- sobre el carácter multiétnico, pluricultural y multilingüístico de la sociedad peruana. Un país, éste, que cuenta con un altísimo y significativo número de pueblos indígenas. Entre los cual se dice que posiblemente haya, como mínimo, unos sesenta a más grupos etnolingüísticos. Y eso, sin contar a las innumerables corrientes migratorias que confluyeron en territorio peruano a lo largo de su vasta historia.

Pero el informe de la Dra. Bernice Kaplan especifica “indios americanos del Perú”, lo cual -situándonos en el marco del llamado continuo andino-amazónico- reduce las posibilidades a dos:

1)       A alguna de las grandes naciones del sur andino. Es decir:

a) Poblaciones quechuas de la sierra; y
b) Poblaciones aymaras del altiplano. O bien,

2)       A alguno entre los diversos grupo-étnico amazónico.

Siendo probable que la alusión estuviera dirigida al campesinado andino, ya que los estudios amazónicos eran por entonces bastante escasos.

Ahora bien: otra posibilidad, no menos improbable, es que el desconocimiento del académico (si es que tal cosa hubiera) le llevara a establecer una analogía dudosa donde no la hay. Es decir: a confundir a la población criollo-mestiza con los referidos “indios… del Perú”. O bien, a establecer una analogía dudosa donde suele ser más frecuente: con la llamada “plebe urbana” -es decir, con la población migrante andina.

Finalmente, surge una tercera alternativa a partir de especular que al hacer su declaración este investigador acaso tuviera pleno conocimiento de la cultura andina. Lo que permite conjeturar que tal vez exista en el Ande una práctica cuya semejanza con el actual pandero sea incuestionable. Pero ¿cuál? He aquí el por qué de que en nuestra estrategia metodológica hayamos incluido trabajo de campo en comunidades (en lugares como Cuyo Chico -3150 m.s.n.m.-, Sacaca -3450 m.s.n.m.-, Sihua -entre 3450 y 3850 m.s.n.m.-, Amaru -3500 m.s.n.m.-, Chahuaytire -3650 m.s.n.m.-, Patabamba -3800 m.s.n.m.-, Paru Paru -4050 m.s.n.m.-, Pampallaqta -4050 m.s.n.m.-, Q’enqo -…-, etcétera): para intentar identificar si es que efectivamente existe (o no) algún patrón de intercambio rotativa en la cultura andina.

Concluiremos este apartado diciendo que el origen local de la práctica sigue siendo incierto, y que no hay una teoría concluyente que posibilite dar una salida razonable al tema. A tal punto, que de acuerdo a cierta fuente:

En Bolivia, algunos científicos sociales argumentan que el juego del pasanaku [equivalente a nuestro pandero] surgió con la introducción del dinero que llegó con los españoles, y se expandió gradualmente cuando el uso del mismo se tornó más común” (Adams & Canavesi 1989:222). 

Idéntica idea fue registrada por nosotros entre algunos de nuestros entrevistados. Así como también, ciertas declaraciones como las que siguen: “No sabría decirte, porque siempre hubo”, “El pandero es una costumbre que ya jugaban los abuelos”, “Una práctica que jugaban los antiguos siempre” (Entrevistas y notas de campo 2007/2008).

En definitiva, ¿a quién conceder la verdad? ¿A quienes defienden un origen autóctono y ancestral de la práctica? ¿O a quienes sostienen precisamente lo contrario?

Pues, de acuerdo a los datos recogidos sobre el terreno, y a lo largo del presente estudio, el uso del pandero no se remontaría en Cusco más allá de los años 80s. Con todo, resulta pertinente traer a colación la opinión de Takahiro Kato cuando expresa que “lo importante no es [sólo] distinguir la versión verídica de la falsa, sino reflexionar [sobre] cómo piensa [la gente]” (Kato 1996:33). Es decir: no deberíamos tomar únicamente en cuenta a la verdad histórica, sino también a la percepción subjetiva que tienen quienes participan directamente del fenómeno.

Al margen de esto último, vamos a analizar en lo sucesivo a las siguientes tres hipótesis (las mismas que ocupan un lugar central en nuestro análisis):
 
1) El posible origen asiático de la práctica;
2) La probable vinculación con una herencia cultural africana. 


Y finalmente,

3) Una eventual procedencia andina a partir de la correlación existente entre las Asociaciones Rotativas de Ahorro y Crédito (o ARACs) y el principio de ayni que rige actualmente a los grupos tradicionales de trabajo en las comunidades.

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